Eury Familia Marte
economista y gestor público, especializado en gestión estratégica, proyectos y analítica de datos.
Linea de artículos: Desarrollo Económico, Gestión pública, Política y Problemáticas Sociales en General.
Abordados desde una perspectiva disruptiva y basada en el analisis de datos.
Cuando los relatos se cuentan desde una sola perspectiva, la realidad no se aclara, se deforma. Y cuando, además, ese relato se promociona ignorando lo que los datos realmente gritan, no estamos ante un simple error de enfoque. Estamos ante un harakiri colectivo contra cualquier posibilidad seria de desarrollo.
Un ejemplo incómodo, pero necesario, es el discurso que lleva años instalado en la agenda mediática, la llamada “violencia de género”. En República Dominicana, hablar de violencia de género se ha convertido, casi por reflejo, en hablar de violencia contra la mujer en cualquier escenario. Y desde un lugar muy profundo de mi conciencia me retumban preguntas tan elementales, que da la percepción de que estuviesen prohibidas hacerlas: ¿Por qué reducirlo todo a una sola perspectiva? ¿Acaso los hombres no sufren violencia? ¿O es que cuando un hombre la sufre no “cuenta” como problema público?

Sí, tenemos un serio problema de violencia asociada al género. Pero no es un problema exclusivo de un solo, y los números, por fríos que sean, no tienen ideología; describen. Según los datos publicados por la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) sobre homicidios intencionales registrados por año y sexo, y por circunstancia o escenario del hecho, entre 2015 y 2024 se registraron 11,820 muertes. De ese total, 10,334 fueron hombres y 1,486 mujeres. Esa proporción, aproximadamente 87/13 por cada 100, es perturbadora. Y aun así, se insiste en inclinar el relato casi por completo hacia el lado femenino, como si el dolor masculino fuera un simple ruido estadístico.
Cuando se desagregan estos datos por escenarios, el panorama se vuelve aún más revelador. Dos circunstancias concentran el 62% de los registros. Los homicidios por conflicto familiar o intrafamiliar, y los homicidios por riña o disputa.
En el conflicto familiar o intrafamiliar, las mujeres encabezan el número de víctimas. De 1,385 casos registrados, ellas representan el 66%. La evolución de esos casos muestra un pico en 2017 con 121, y luego una reducción que llega a coincidir en 2023 con la cifra de hombres, 73, para terminar 2024 con 88 casos.
Gráfico 1. Homicidios intencionales bajo circunstancias de violencia intrafamiliar, período 2015-2024
Fuente: Elaboración propia, con datos de la ONE.
En cambio, en las riñas y disputas el dato es brutalmente asimétrico. El hombre encabeza de manera aplastante. De 5,690 registros totales, el 95% corresponde a estos y solo 274 casos corresponden a mujeres.
Estas cifras son alarmantes e inaceptables para ambos géneros. Nadie debería morir por una discusión, por una relación rota, por un conflicto doméstico, por una pelea en la calle, por una cultura que normaliza la violencia como si fuera parte del paisaje. Pero si lo que buscamos es una política pública seria, no podemos permitirnos un diagnóstico cojo por diseño.
Lo citado hasta ahora son datos correspondientes al peor de los desenlaces, la muerte. Si miramos un punto más intermedio, los heridos en actos de violencia, el cuadro también exige atención. En el período 2017-2024, los hombres encabezan los registros de personas heridas en ambos escenarios señalados. Según la ONE, de 761 registros de personas heridas en circunstancias familiares o intrafamiliares, el 59% son hombres y el 41% mujeres. En riñas o disputas, la tendencia sigue muy de cerca la de las muertes. De 9,079 registros, aproximadamente el 92% corresponde a hombres, 8,347 casos, y el 8% a mujeres.
Hay un matiz importante. Existe una relación inversa entre los heridos y las muertes en el escenario intrafamiliar. Aunque hay más hombres heridos por violencia intrafamiliar, no se observa la misma tendencia en las muertes registradas por ese concepto, donde las mujeres siguen siendo mayoría. Es decir, la violencia intrafamiliar está golpeando a ambos, pero no está golpeando igual. Detalles como estos son los que precisamente deberían guiar al diseño de políticas públicas responsables, diferenciadas y efectivas.
Sin embargo, el debate público suele preferir el guion fácil. El que se repite sin incomodar los sectores que lo impulsan, el que vende indignación selectiva, el que parece moralmente correcto porque encaja con lo esperado. Y ahí es donde el tema se vuelve más delicado. La violencia de género no es únicamente un problema de “mujeres víctimas versus hombres agresores”. Esa caricatura no explica lo que está ocurriendo. Las expectativas de género, la conducta que se exige de un hombre, la forma en que se cría a nuestros niños, la idea de que pedir ayuda es “de débiles”, el mandato de soportarlo todo en silencio, también empujan a la violencia y a la autodestrucción. Pero eso casi no se discute, porque no cabe en un discurso obsoleto como el que se promueve y, en muchos casos, insostenible.
La sociedad, a veces sin darse cuenta y a veces con plena conciencia, entrena a hombres y mujeres para normalizar lo inaceptable. A los hombres se les amarra emocionalmente con frases como “el hombre no se queja”. A las mujeres se les anestesia el dolor con “esas son cosas que pasan”. Al final, el resultado es el mismo. Violencia convertida en costumbre y estereotipos convertidos en jaulas. Y como la violencia, los estereotipos de género no son un problema exclusivo de un solo sexo.
Por eso levanto la voz con este escrito. Porque las políticas públicas no deberían nacer de consignas, sino de análisis objetivo y, en la medida de lo posible, científico. No se puede intervenir un problema complejo desde una sola perspectiva sin terminar agravándolo. Si existe un Ministerio de la Mujer, el país tiene el deber, al menos intelectual, de preguntarse qué estructura institucional atiende con seriedad la vulnerabilidad masculina y la salud de la convivencia familiar. Quizá la respuesta no sea un “Ministerio del Hombre” como réplica automática, pero sí un enfoque más inteligente. Un esquema integral que priorice a la familia, la prevención, la salud mental, la educación emocional y la mediación de conflictos antes de que la violencia se vuelva noticia y, peor, estadística.
Y si hablamos de emergencia, hay un dato que debería romper cualquier comodidad. En el período 2015-2024, de 6,142 suicidios registrados, 5,206 corresponden a hombres. Esa cifra no es un pie de página. Es una alarma. Y cuando una alarma suena durante años y el país se acostumbra a ella, lo que falla no es el oído. Es la voluntad de mirar.
Cierro con una definición que, precisamente por su sencillez, incomoda. La brillante y talentosa Chimamanda Ngozi Adichie, en su discurso We should all be feminists, plantea que feminista es un hombre o una mujer que dice: “Sí, hay un problema con el género tal como es hoy, y debemos solucionarlo. Debemos hacerlo mejor”. Estoy de acuerdo. Pero hacerlo mejor comienza por lo que parece más difícil. Dejar de contar la historia desde una única perspectiva, y atrevernos, por fin, a escuchar lo que los datos llevan años diciendo.
